Francisco Javier Expósito Lorenzo | Escritor, poeta y periodista

Blog Almario de palabras

ILUMINAR EL DESVÁN

 

 

 

Decía el famoso escritor William Faulkner, que "la literatura es lo que hace una pobre cerilla cuando se la enciende en mitad de la noche en medio de un campo. No sirve para iluminar nada, sólo sirve para ver un poco mejor cuánta oscuridad hay alrededor".

Desde mi experiencia disiento de Faulkner, cada vez más lo veo justo al revés. La literatura puede llegar a ser el sol que ilumina el mundo para dar cuenta de la luz que hay en él. Todo depende de nosotros, otra vez, de nuevo, la elección de mirar con los ojos de adentro al mundo. Y los ojos de Faulkner estaban muy viciados por su sufrimiento.

Imagina que enciendes una luz en medio de un desván oscuro; dependiendo de la intensidad de esa luz, emergerán de la oscuridad más o menos las dimensiones del cuarto, más o menos objetos que lo llenan, y si la luz es muy intensa, podrá casi iluminar hasta los rincones más recónditos, los detalles más inadvertidos, y comenzarán a desvelarse las pelusas, las manchas, la pintura descolorida, el barniz dañado de los muebles, adornos olvidados. Empieza a mostrarse un mundo que andaba cegado, poco a poco, desvelándose según elevamos la vibración del voltaje de la luz. La elección está en si queremos seguir iluminando lo que vemos, mantener la atención en lo que descubrimos y hacerlo con la luz de una vela o una lámpara que ilumina desde el techo como un águila eléctrica. Si usas la vela, será una luz muy orgánica, bella, melancólica incluso, pero sólo verás un reducido ámbito alrededor tuyo, y no podrás distinguir la suciedad ni los rincones, y tendrás que moverla contigo, sabiendo que se agotará pronto su pábilo; y si es la lámpara en el techo, quizá distingas todo el cuarto, veas bien hasta el suelo, e incluso puedes descubrir alguna telaraña, abrir el armario y redescubrir alguna prenda, mas aún así, quedarán ángulos oscuros, polvo, zonas a las que tu ojo no podrá llegar....

...Ahora entiende que la luz que ilumina ese desván eres tú, que la vela o la lámpara del techo eres tú iluminando tu interior, ese desván que andaba oscuro, lleno de cosas, y que aún se puede desvelar mucho más. Y claro, vas encontrando cosas que te gustan en el cuarto y cosas que no. Y tendrás que tiras muchos objetos, otros restaurarlos, y otros utilizarlos proque te encantan y habías olvidado que estaban allí.  

...Para observar más profundamente, sólo hace falta que la vibración se eleve, que la frecuencia de la onda de luz palpite más intensa, y se dará la iluminación completa del desván. Es como si subieras la persiana, abrieras la ventana, y dejaras a la luz del sol que llegara en todo su esplendor, sin filtros ni interferencias, y entonces te darás cuenta de que no hay efecto más iluminador, natural y menos esforzado que esa luz del astro directa sobre la escena, cuando podrás ver hasta las motas de polvo en suspensión al hilo del trasluz y los objetos cobrarán su verdadero espectro de color.

Pues bien, date cuenta hermano, de que esa luz que entra en el desván eres tú. Tú eres el astro. Tú eres ese sol que ilumina tu morada, ese desván donde se acumulan los objetos de tu vida, ese interior que permanecía oculto hasta ahora, y que claro, habrá que conocer, vaciar, ordenar... 

La luz pura del sol que eres no dejará nada que merezca la pena ser visto sin verse. Y si te deslumbra mientras haces la tarea, generará una sombra proyectándose para que aprendas a escrutar a la vez en la penumbra, porque de esta manera siga generándose un equilibrio y no te confundas.

Pues bien, la literatura puede y ha de ser ese sol que no veía Faulkner en él, esa esperanza y voluntad que, palabra a palabra, como rayos de luz tendidos en una sábana, van iluminando nuestra morada interior hasta hacerla hogar de vida y alegría, porque por fin vemos que somos esa luz de lo divino, esos personajes de novela con los que la Fuente escribe su particular visión literaria.   

   

La vieja energía

 

Hermanos, hora es de soltar adicciones a viejas energías, hora es de aserrar las alas de madera, de discernir las emociones de barro, de cerrar las heridas antiguas, de soldar los puentes rotos, de llevar la Verdad en el hacer de cada día.

Es hora de desplegar las Alas de plumas, de comprender la dinámica de las nubes, de levitar sobre el légamo, de reír en los sótanos más oscuros, de beber consciencia a la mañana.

Hora es de iluminar las tinieblas, de hacer de los pedazos de luz un sol único, de soltar la piedra de la espalda y desterrar a Sísifo a flotar en un mar de estrellas.

Ya es hora de hacer canción de la letanía más triste, silencio del grito más amargo, Todo de la nada, y nada de aquello en que creímos ver todo.

Es hora de salir del campo de atracción que consume a los habitantes de esta Tierra por milenios, de romper las dependencias que nos atan a los binomios de placer y dolor, al tiempo de la cal y la arena.

Es hora de ascender al momento de hallarse, y en el hallarse, dejar de ser lo que uno es para ser lo que es.

Es tiempo de paciencia, de suelta, de fe en la semilla divina que nos hace árboles del jardín de la Fuente.

Pronto será tiempo de cosecha.

La Paz interior

 

La Paz es un estado interior que aún no hemos ganado. Basta ver y sentir lo que ocurre en este escenario de sombras para saber. Seguimos buscando en el exterior aquello que sólo existe en nuestro interior, nos distraemos con cuchillos y dientes de sierra de ideologías y creencias, cuando sólo abarcándonos en lo más profundo del corazón, se abrirán los campos de Luz a nuestra alma, y ésta dará frutos en cada paso de la tierra que pisamos.

La Paz es un estado interior de Libertad que no mira hacia fuera, y cuya voz entona la vibración de la Compasión, esa palabra por sí sola capaz de eliminar de nosotros toda la rabia y la ira que genera la frustración de no ser lo que somos, y sí comportarnos como otros quieren que nos comportemos alejándonos de aquello que hemos venido a Ser desde el espíritu en esta materia.

La Compasión, al igual que diluye la división dentro de nosotros mismos, ayudándonos a aceptarnos cada uno tal y como somos, facilita esa misma aceptación fuera hacia todo lo que son los demás, de verdad, en esencia.

La Paz es un Estado interior que no tiene naciones, ni banderas ni partidos, donde no hay más frontera que la Libertad de sentirse parte y todo.

La Paz es el Estado interior del que deja de estar fragmentado, y al Ser Uno, termina siendo Todos. 

¡Derribemos los muros interiores y no habrá ya muros enfrente!

Los frutos del hacer sin hacer

Estamos en tiempos de hacer sin hacer. Comportarnos como somos para que las cosas se vayan haciendo, solas, fáciles, sólo arrumbadas en su ondear ligero y propio. 

¿No se hace la semilla árbol y el árbol fruto? Por supuesto. Nosotro sólo ayudamos desde fuera. Una vez que el agua riega el suelo donde se plantó la semilla del frutal, la intención santa que dejamos en la simiente, esa fe quedará allí impresa, la cáscara rompiéndose y el árbol creciéndose, dando raíces y tronco para luego alargar ramas, hasta que a su tiempo, de las ramas nazcan frutos. Eso es hacer sin hacer. Hacerse con el transcurso.

Aprendamos entonces a manejar los transcursos, aprendamos a ser maestros de los devenires en el vivir el presente de sus transcursos.

A la hora de cuidar los árboles frutales y recoger sus frutos, habrá dos clases de horticultores, maestros de los transcursos, cada uno de sí mismo, sin juicio a ninguno. Estarán los que aprendan a mirar crecer el árbol con paciencia, estación tras estación, leyendo un libro, tumbados sobre la hierba que alrededor crece o jugando a veces entre sus raíces, cercanos, vigilantes del fluir de esos frutos e incluso regándolos si observan que no hubo agua suficiente, dedicándoles un tiempo de cada uno de sus días; y habrá otros horticultores, los que decidan alejarse y no permanecer a la vera del árbol una vez que su tallo tiene la suficiente fuerza para no ser desenraizado, que lo dejarán al cuidado de la Naturaleza, de las lluvias y los astros, dedicados a otras labores, desapegados incluso de la tormenta que amenazó con quemar el árbol de un rayo.

Un día, el más apegado de los horticultores, más nutridor que el otro, como conocerá cada lance del árbol desde que fue una buena semilla, verá lista la hora de los frutos, sabrá cada detalle de la anatomía y hasta el número de frutos de ese árbol y lo sabroso de su jugo, y los recogerá por no dejarlos caer al suelo y se estropeen o los coman las alimañas, y su cesta repleta le parecerá el más digno de los premios a su cuidado y el justo pago a sus esfuerzos.

Mas el horticultor desapegado, el que permaneció lejos aun recordando con amor la tibieza de la tierra en la que enterró la semilla, intuirá la hora del fruto en la distancia, y aunque sabrá del riesgo de llegar tarde y que otros caminantes hayan advertido los frutos del árbol y se hallan llevado las mejores piezas, llegará a su vera y lo mirará admirado, aun conocedor como era de que la semilla contenía aquella promesa. Y como estuvo ausente, y no esperará más de lo que hubiera, se asombrará del número de frutos y de su jugoso néctar, y aunque reposen esparcidas por el suelo, al alcance de todas las manos, le parecerán el mayor de los tesoros, y tomará del suelo y las ramas los que quedaran para él, fueran cuantos fueran, los que siempre le correspondieron.  

  

Santos Lugares...Tierra Santa...

...eso somos nosotros, Santos Lugares, Tierra Santa.

Y lo sé porque he regresado, peregrino del sendero que sigue las huellas de Jesús hasta llegarse al vientre de la Madre eterna en Belén, María de todas las gracias, bendito el fruto del amor que amalgamó carne y espíritu en Presencia, Ser que Es, Fue y Será, y así nos lo dejó dicho.

De la Estrella a la Cruz, de la Nada al Todo, como recoge el Evangelio gnóstico de Tomás en palabras del Maestro de Galilea, "partid un trozo de madera y yo estoy ahí; levantad una piedra, y estaré ahí". La madera el fuego la transforma, cenizas que alimentarán la tierra, semillas de las que nacerá un día fruto, eterna resurrección, energía que surge y afronta su transformación.

A la vera del camino, vimos las casas de Nazaret, el montículo por el que quisieron despeñarte cuando de tu boca comenzó a manar la palabra de Dios. Ya sabes que nunca fue propicia la tierra propia para el profeta.

Tu voz no calló, y atravesaste los Cuernos de Hattin tras vértelas con las tentaciones para llegar al Mar de Galilea, en cuyas orillas oraste en las piedras y besaste los juncos. Y pescaste hombres que a su vez pescarían en las redes de tu manto a otros hombres que morirían por ti para eternizarse. Y allí estuve, peregrino abatido el sueño junto a otros corazones en la ribera de las aguas por las que anduviste blandiendo milagros de luz en cada paso rozando a los peces. Allí he visto estos días el mismo amanecer que tú viste y sentí el silencio que tú sentiste.

Y llegamos a Jerusalén, ciudad dormida, dividida, ocultada en sus deseos de salvación, confusión de credos y bastión de muros, como fue lo mismo ante tus ojos, antes de ser condenado, al llorar por su caída, "Jerusalén, Jerusalén!, que matas a los profestas y apedreas a los que se te envían, ¡cuántas veces he tratado de reunir a tus hijos como la gallina reúne a sus polluelos debajo de las alas, pero te negaste!".

En el Huerto de los Olivos también nos dormimos consumidos por la tristeza, no fuimos capaces de comprender la grandeza de tu vulnerabilidad, el sufrimiento amoroso que te impusiste para hacer jirones la sombra de los otros y redimir las batallas interiores de tantos.  Getsemaní nos nubló tus palabras y nos confundió en la bruma, este marzo, como si hubiéramos sido testigos directos de tu captura.

Y aprendimos a sentirnos inmerecidos protagonistas de tu luz, a traicionarnos como Pedro en Gallicanto, al negarte tres veces negarse a sí mismo otras tantas, como hago yo mil y una veces cuando niego el destello que me habita. Y así aprendimos el silencio de la conciencia en el juicio, el dolor de la misericordia en la mirada, al verte caer una y otra vez con la cruz a cuestas, y seguir siendo el que se es, el que se ha venido a ser, el ejemplo de la absoluta consciencia, de la visión más alta...en tu último suspiro, con la duda, y la afirmación de que no hay duda, "en tus manos encomiendo mi espíritu".

Y supimos de la entrega, rendidos, al final del camino, tras casi doscientos kilómetros, dormidos en sacos y albergues, una familia de peregrinos éramos que se bañaban sin saberlo en el mar de amor que dejaste, cuando nos abrazabábamos dándonos la paz, cada día, haciendo honor a tus palabras sin proponérnoslo.

Así nos dimos cuenta, ay despistados caminantes, que cada uno de nosotros somos esos Santos Lugares que buscamos, y no hace falta moverse de donde estamos, para encontrarte. Sí, Tierra Santa somos. Y a eso hemos venido, para aprender a tratarnos como un Santo Lugar, para aprender que somos esa Tierra Santa a la que considerar sagrada, digna, merecedora de todo amor. Por eso él nos dejó el más atrevido de los mandatos: amaros a vosotros mismos como a vuestro prójimo. 

Entendimos Maestro. Tú eres cada uno de nosotros, estás en todos, con nombrarnos te nombramos. Amarte es amarnos. Amarnos es amarte.

¡Sois los Santos Lugares!, ¡sois la Tierra Santa!, uno y todos, todos Uno.